Un equipo de voluntarias formadas por Unicef para asesorar sobre la enfermedad a través del móvil. / AHMED JALLANZO (UNICEF)
Un equipo de voluntarias formadas por Unicef para asesorar sobre la enfermedad a través del móvil. / AHMED JALLANZO (UNICEF)

By ; Originally published in El Pais November 11, 2014

La ferretería de Darius Johnson da directamente a la única calle del barrio, una estrecha lengua de asfalto que serpentea entre un amasijo de casas autoconstruidas de forma anárquica y tan juntas unas de otras que, vistas desde arriba, parecen compartir un único techo de chapa. Así es West Point, un enclave popular de Monrovia que se hizo famoso en todo el mundo el pasado mes de agosto después de que el Gobierno liberiano lo sometiera a una cuarentena de diez días provocando la airada reacción de la población. “No sé a qué viene tanto revuelo, el ébola se ha acabado”, asegura Johnson con una sonrisa de oreja a oreja. Y este es precisamente el peligro, pensar que los buenos resultados alcanzados en Monrovia en la lucha contra la enfermedad suponen su fin. El peligro es confiarse.

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